domingo, 27 de enero de 2008

Me basta asi.

ME BASTA ASÍ

Si yo fuese Dios
y tuviese el secreto,
haría un ser exacto a ti;
lo probaría
(a la manera de los panaderos
cuando prueban el pan, es decir:
con la boca), y si ese sabor fuese
igual al tuyo, o sea
tu mismo olor, y tu manera
de sonreír,
y de guardar silencio,
y de estrechar mi mano estrictamente,
y de besarnos sin hacernos daño
—de esto sí estoy seguro: pongo
tanta atención cuando te beso—;
entonces,

si yo fuese Dios,
podría repetirte y repetirte,
siempre la misma y siempre diferente,
sin cansarme jamás del juego idéntico,
sin desdeñar tampoco la que fuiste
por la que ibas a ser dentro de nada;
ya no sé si me explico, pero quiero
aclarar que si yo fuese
Dios, haría
lo posible por ser Ángel González
para quererte tal como te quiero,
para aguardar con calma
a que te crees tú misma cada día
a que sorprendas todas las mañanas
la luz recién nacida con tu propia
luz, y corras
la cortina impalpable que separa
el sueño de la vida,
resucitándome con tu palabra,
Lázaro alegre,
yo,
mojado todavía
de sombras y pereza,
sorprendido y absorto
en la contemplación de todo aquello
que, en unión de mí mismo,
recuperas y salvas, mueves, dejas
abandonado cuando —luego— callas...
(Escucho tu silencio.
Oigo
constelaciones: existes.
Creo en ti.
Eres.
Me basta).


Ángel González
Como pretendo yo contar mi dolor, mis pasiones, mis deseos o mi vida, si Angel Gonzalez ya lo ha escrito antes y mejor que yo.
Que sera del mundo sin Angel Gonzalez?, que sera de mi vida sin ti?. Casi sin mi.

sábado, 26 de enero de 2008

La felicidad.

La felicidad es algo demasiado etéreo, demasiado inconsistente y escurridizo como para resistir una definición.

Curiosamente, son muchas las ocasiones en las que pensamos en la felicidad como en una circunstancia ajena a nosotros. Habitualmente ciframos la felicidad en el futuro. Consideramos que seriamos felices si fuéramos ricos, si encontráramos al amor de nuestra vida, si obtuviéramos el trabajo perfecto, si pudiéramos vivir mejor, etc….

Creemos que la felicidad es una especie de salvoconducto que arreglará nuestra vida. “El día que encuentre un trabajo mejor, lo mando todo a …… y ya veras que bien” “Aquí no se puede vivir, en cuanto pueda me largo a “nosedonde” y a empezar de nuevo, tranquilo y feliz…” “Como me toque la lotería, si que voy a ser feliz….”

Frases como estas, o parecidas nos llevan a situar la felicidad en un plano temporal que ha de llegar o que puede llegar. Sin embargo, yo me pregunto: ¿Cómo podemos saber que lo que puede venir en el futuro nos hará felices? La verdad es que no tenemos ni idea, sin embargo creemos –erróneamente, en mi opinión- que la felicidad es una circunstancia futura, por tanto básicamente desconocida.

Sin embargo, a mi me parecer la felicidad esta en el pasado, en nuestras experiencias anteriores. Solo llegamos a saber que es la felicidad, cuando con el paso del tiempo identificamos momentos en los que fuimos felices. Recordamos aquella puesta de sol, el dia que obtuvimos un premio, un viaje, momentos con nuestro padre, un éxito profesional, el dia que estrenamos un coche, o aquella vez de fuimos tan felices haciendo el amor que ella.

Sabemos cuando hemos sido felices, en que circunstancias y lo que deberíamos buscar son momentos así. Se, lo se por experiencia, que nunca vuelven aquellos momentos, pero creo que es fácil que busquemos las condiciones para poder repetir momentos análogos, en otros sitios, con otras personas, en otras circunstancias.

Como decían los presocráticos, nunca nos bañamos dos veces en el mismo río, pero si bañarnos en un río, en medio de un paisaje magnifico y con una persona especial a nuestro lado, ¿Qué mas dará que no sea el mismo río?.

sábado, 19 de enero de 2008

Do ut des. (doy para que des)

Mi padre siempre fue un caballero. Un tipo simpático, amable, ocurrente, extraordinariamente educado, quizá un poco diletante, pero absolutamente encantador. No era especialmente atractivo, ni mucho menos un seductor, ni tan siquiera era interesante, como mucho era abierto y sociable.

Sin embargo era un ser humano excepcional. Un tipo noble, desprendido –quiza en exceso-, con unos valores morales firmes –inconcebibles en los tiempos que corren- y absolutamente generoso.

Tanto lo fue, que nuestra economía familiar fue se fue al traste al menos en tres ocasiones –que yo recuerde- siendo la última, a finales de los 80, la mas grave.

De mi padre, no heredamos un duro, ni mi hermano ni yo. Es mas, nos costo mucho zanjar algunos temas que dejo pendientes, y no me refiero a cuestiones meramente económicas.

A la muerte de mi padre, mi hermano y yo asumimos la liquidación de aquellos asuntos pendientes que debíamos finiquitar en el ámbito económico. Sin embargo, fue mas triste y mas espinoso tener que afrontar la falta de caballerosidad y de hombría de alguno de los miembros de mi familia.

Cualquiera que me conozca medio bien, sabe que nunca en la vida discutiré por dinero. Creo, como buen mediterráneo, que del dinero se habla antes de nada. De no hacerse así, debe presumirse un gesto generoso hacia el otro, y en absoluto cicateria alguna o mezquinada.

Yo crecí en esa filosofía. Era muy sencillo: cuando hay “posibles” se gastan, cuando no los hay, se restringe el gasto, es decir, se gasta poco y con mucho rigor. No se si era lo adecuado, pero mi casa funcionaba así.

Sin embargo, siempre habían regalos cundo debia haberlos –caros o baratos-, lo celebrábamos todo –con mucho o con poco- y cuando uno necesitaba algo –un traje para una fiesta, dinero para un viaje, o un gasto extra en el dentista- siempre se encontraba la “financiación” adecuada, saliera de donde saliera.

Cuando comencé a salir con chicas, sentía la obligación de ser el que corriera con los gastos de la “fiesta”: cine, palomitas, chuches, etc…Con el transcurrir de los años fue peor: las chuches se convirtieron en cenas y la palomitas en una copa, y no siempre podía asumir el coste.

Fue entonces cuando entendí que había que hacer algo para encontrar otras fuentes de financiación mas allá del entorno familiar. Hice horas en una imprenta, di clases, repartí cartas y trabajé en distintos “negocios” para buscarme la vida.

Nunca he querido vivir a costa de nadie, nunca he querido ser un “coste adicional”, un gasto. Por eso me sorprende que al cabo del tiempo, haya gente que no entienda mi forma de ser. Soy capaz de gastarme lo que tengo, y lo que no tengo, en un regalo, en una cena o en una “fiesta”. Jamás saco cuentas. Tampoco exijo que nadie gaste conmigo mas de lo que considere adecuado. Pero como dice Pablo de Tarso, “el amor es generoso, no lleva cuentas”.

Sin embargo el concepto de generosidad es, un poco esquivo. Alquien podria entener –erróneamente- que hablo de generosidad en un sentido crematistico o meramente economico. Sin embargo no es asi.

La generosidad tiene que ver con entregarlo todo, sin guardarse nada. Dar lo que te sobra –no se quien lo canta- no es compartir, sino dar limosna. Hacer cuentas, para ti y para el resto del mundo, no es ser generoso, es ser calculador y cicatero.

Sin duda, es una virtud en los tiempos que corren. Ser generoso, no es solo una cuestión económica. Ser generoso es entregarse, ofrecerse, compartir –tiempos, sentimientos, dificultades, sufrimientos-. Muchas veces, es hacerlo en silencio, sin esperar nunca nada a cambio, pero sabiendo que en el fondo la otra persona siente tu presencia, tu entrega y tu preocupación.

Cuando eso ocurre, te sientes bien. Aunque nunca nadie te lo vaya a agradecer. Es en esos momentos, me acuerdo de mi padre. Veo su mirada afable, su sonrisa encantadora. El gesto amable y generoso de un caballero que nunca tuvo nada suyo, que nunca dudo para ayudar a otros y que quiso educar a sus hijos en la honradez, el respeto y la generosidad.

miércoles, 16 de enero de 2008

Cuanto echo de menos un buen edredon

La normalidad es acogedora, confortable. Como uno de esos edredones de plumas, calidos y ligeros, con los que te arropas en las noches frias del invierno. De igual forma la cotidianeidad te envuelve y te abriga frente a esa intemperie incierta y precaria de los sentimientos.

A mi me horroriza tener que bregar con mis propios sentimientos. Cada vez que me dejo llevar por ellos, termino, amargado y absolutamente agotado. Supongo que es inevitable, que uno no puede negarse a sentir, no puede resistirse a su propia naturaleza.

Sin embargo el quehacer diario, las obligaciones –profesionales o familiares- los compromisos, la necesidad de cumplir plazos, la competitividad, el creciente numero de imbéciles con los que te encuentras en tu entorno laboral, la necesidad de soslayar navajazos, hostias y traiciones, te ocupan la vida de tal forma, que no te dejan tiempo para pararte y atender a tus sentimientos. Luego nos quejamos, decimos que esto no es vida, que no puedes dedicarte a la gente que quieres, que necesitamos tiempo para nosotros mismos, etc, etc….

Pero no es verdad, es mejor que vivamos al abrigo de stress, de la rutina, de las fuertes exigencias de nuestro trabajo. Es mejor que nos protejamos bajo el paraguas de la cotidianeidad, exigente y tirana, así no tenemos que arriesgarnos a sentir. No tenemos que afrontar nuestras propias contradicciones y la voluntad arbitraría de nuestros deseos. Y lo mejor es que de esta manera, nos ahorramos sufrir.

Cuando cedo a la presión de mis sentimientos, cuando me dejo llevar por el sentimentalismo, cuando echo de menos algún momento o a alguna persona del pasado, cuando absurdamente me asalta el deseo de ser feliz y cometo el estúpido error de buscar refugio y amparo en otros, y me asomo a sus vidas en busca de su apoyo o su abrazo, termino estrellándome contra la ley del hielo de su propio interés y su lógico egoísmo.

Es entonces cuando aprecio más mi trabajo y mi rutina, cuando busco el blanco manto de su calor y su confortabilidad. Aunque la verdad es que yo nunca había sido así, pero quien va con un cojo, al año si no cojea, al menos renquea

Lo cierto es que no soy un León tan peligroso como algunas personas dicen. En realidad, a penas soy un gatito ronroneante que solo busca un regazo y que le acaricien el lomo. Y solo un rato, porque al poco salto y me marcho para afrontar nuevas historias, con la fuerza que me produce el convencimiento de que en alguna parte, alguien me quiere.

viernes, 11 de enero de 2008

Vuelta a la normalidad

Finalmente se acabado el periodo navideño. Creía que no iba a terminar nunca. Este año ha sido menos gravoso que otros. Mi visita a La Habana ha reducido el impacto navideño en muchos aspectos.

De un lado me ha evitado la presión del ambiente navideño los días previos a las celebraciones. Ese exceso de luces, músicas y cenas aderezadas por buenos deseos y regalos del “amigo invisible” que inflamaban todas mis membranas y que me obligaban a reducir tal inflamación a base de Rivera del Duero y Gin&Tonic.

De otro lado, he conseguido soslayar el maratón de aperitivos, comidas y cenas de la semana previa –en ocasiones han llegado a ser de dos o tres eventos diarios, durante cuatro o cinco días seguidos-. A su vez esta drástica reducción del número de eventos ha tenido dos magnificas consecuencias, a saber: una disminución en el numero de broncas conyugales –a menos salidas y menos llegadas a horas intempestivas, menos broncas-; y en segundo lugar una rebaja en la ingesta de calorías, que se traduce en una mejor capacidad para conservar el peso –ya de por si critico- del autor de estas líneas.

No obstante, la navidad ha tenido sus terribles efectos, aunque sin llegar a ser devastadores.

Como profesional del derecho –aunque distante del ejercicio y dedicado a otras tareas mas divertidas y creativas-, se que la navidad suele tener un efecto letal en algunas parejas. En mi caso, el efecto letal viene dado por mí mismo, por mi desmesurada pasión hacia otras mujeres y por mi falta de prudencia y cautela en muchos de esos casos. Quizá por eso la navidad no me afecta, en cuanto a mi relación matrimonial se refiere. Sin embargo si me afecta en lo referido a mi relación con el mundo.

No soporto la obligación de ser “bueno”, no soporto tener que compartir mis días con gente a la que no puedo ni ver y sobre todo no soporto poner/quitar los putos adornos navideños. Por lo demás, no tengo problema: me gusta comer, me gusta beber, me encanta hacer regalos a la gente a la que quiero y, por supuesto, me maravilla que la gente que me quiere me haga regalos.

Quizá acabo un poco cansado de niños, de familia y de partidas de cartas, pero tampoco es lo peor que le puede pasar a uno –tendiendo en cuenta que los niños se vuelven con sus padres, que la familia tiene limitaciones horarias y que las cartas no son mi fuerte-.

Pero bueno, todo ha terminado y por fin comienza un nuevo año y con el se retoma la actividad laboral, emocional y sentimental, de nuevo. Y en mi caso, hay novedades. Varias y jugosas.

Podríamos citar al menos tres novedades: Primero que la chica con la que últimamente disfruto de un affaire, esta mosqueada. Al parecer comienza a tener extrañas ideas sobre que “me quiere” o algo así. Por supuesto yo he tratado de disuadirla de tal estulticia, explicándole que somos amigos, colegas, cómplices, amantes, etc.…. Pero que NO NOS QUEREMOS. Ella, por su lado, ha dicho –muy seria- que así es, que “de que vas?”, que ella no esta enamorada, etc, etc, etc….

Es decir, que mal rollo. Que si “no me llamas”, que si quién es esa C que te llama?” Que si “nunca tienes tempo para mi?” Que si “es que no me haces caso?”; y demás historias para no dormir. Por mi parte, trato de conservar la calma, y aunque confieso que he estado a punto de sucumbir al “yo también te quiero”, he logrado superarlo -a la fuerza ahorcan-.

La segunda novedad me tiene muy, pero que muy confuso. Veréis, desde hace muchos años, suelo salir en pareja con unos amigos. Son gente encantadora, con la que tanto mi mujer como yo mantenemos una estrecha amistad que se remonta al origen de los tiempos. Sin embargo y pese a todo eso, la pasada semana, en el transcurso de una cena, ella y yo acabamos besándonos apasionadamente en el cuarto de baño de un pub en el que estábamos tomando una copa. Confieso que hace años que me parece una mujer muy deseable, y que hace tiempo que nuestra miradas se cruzan con un atisbo de deseo pero aquellos dos besos –dos, no uno- supusieron un aldabonazo para ambos. No hemos vuelto a hablar del tema, pero tenemos latente un problema, Un problema que deberíamos resolver sin victimas colaterales.

Finalmente hay una novedad que sin duda resultara de interés para las/los habituales lectoras/es de esta pagina –obsérvese el exquisito trato a los distintos géneros-

Sin más preámbulos: he comido con C –ojo, que no me he comido a C-. Fue ayer mismo. Nos hicimos daño, restañamos las heridas, nos escupimos las verdades a la cara, y nos sentimos mejor. El teléfono es un medio de comunicación rápido y eficaz, sin duda tiene una multiplicidad de ventajas, pero en nuestro caso –como en otros muchos- no es mas que un arma que nos permite a la vez atacar y protegernos, de tal manera que terminamos embarcados en batallas innecesariamente crueles y despiadadas.

Mirarnos a la cara y decirnos lo que sentimos y comprobar como el otro siente lo mismo, es la única manera de restañar heridas y de conformar una relación estable, de cara al futuro. Que yo la quiero, es sabido. Que ella aun me quiere, quizá es una novedad. Que ambos tenemos vidas independientes, sexualmente activas y con ciertas retribuciones emocionales, es un hecho que ambos tenemos que asumir. Que el tiempo tiene que situarnos a cada uno en su sitio –sea cual sea el sitio de cada uno- es una realidad que con la que debemos aprender a convivir.

Que todo sea incruento, que no nos mutilemos, que no nos desangremos, que seamos capaces de convivir con nuestras respectivas realidades, es lo que dará la medida de nuestra madurez, y con la edad que tenemos, ya deberíamos de ser bastante maduros.